Olivares, almazaras, catas y gastronomía se suman a la oferta turística del país, que ya cuenta con más de 9.000 hectáreas cultivadas.
Uruguay encontró en el olivo un nuevo argumento para recorrer su territorio. Aunque las condiciones climáticas son diferentes de las de la cuenca del Mediterráneo —región que concentra alrededor del 90% de la producción mundial de aceite de oliva—, las variedades de origen europeo lograron adaptarse al clima más húmedo y a los suelos uruguayos, particularmente en terrenos con suaves pendientes y buen drenaje.
El desarrollo de la olivicultura transformó en las últimas décadas distintos paisajes del país. Hay plantaciones entre las sierras de Lavalleja y Maldonado, junto a los cursos de agua y campos del litoral, en departamentos como Río Negro, Paysandú y Salto, sobre el área de influencia oceánica de Maldonado y Rocha y también hacia la frontera, en zonas como Rivera y Cerro Largo.
Sobre esa base productiva comenzó a crecer el olivoturismo, modalidad que propone acercarse a la cultura del olivo, conocer cómo se obtiene el aceite de oliva virgen extra —AOVE— y combinar la visita a las plantaciones con gastronomía, paisajes y actividades rurales.
Las visitas a olivares y almazaras uruguayas suelen extenderse entre una hora y media y dos horas y media, aunque existen establecimientos que desarrollan jornadas de campo más amplias.
Los recorridos permiten caminar entre los árboles y conocer variedades como Arbequina, Picual, Coratina o Frantoio, además de aprender cómo se planta un olivo, qué sistemas de riego se utilizan y de qué manera las características del suelo intervienen en el desarrollo de la planta.
Una de las actividades más habituales son las catas dirigidas de aceite de oliva virgen extra, que enseñan a reconocer sus principales atributos sensoriales. A diferencia de otros alimentos, un buen AOVE puede combinar notas frutadas con diferentes grados de amargor y picor, características que se analizan durante las degustaciones.
También es posible recorrer las almazaras, los establecimientos donde las aceitunas son molidas y el aceite se obtiene mediante procedimientos mecánicos y extracción en frío. Algunas visitas explican además qué ocurre con los restos del proceso y los diferentes aprovechamientos que pueden darse a los carozos y otros subproductos.
La propuesta suele completarse con gastronomía: panes artesanales, quesos, fiambres, vinos, desayunos, meriendas o almuerzos de campo en los que el aceite deja de ser únicamente un condimento para convertirse en protagonista.
El crecimiento productivo viene acompañado por la participación de los aceites uruguayos en concursos especializados.
En 2026, Uruguay será sede de una nueva edición para el Hemisferio Sur del Premio Internacional a la Calidad Mario Solinas, considerado el principal reconocimiento del Consejo Oleícola Internacional (COI) para los aceites de oliva virgen extra.
La competencia lleva el nombre del investigador italiano Mario Solinas, referente en el desarrollo de los métodos de evaluación sensorial del aceite de oliva.
La edición uruguaya es organizada por la Asociación Olivícola Uruguaya (ASOLUR) junto con organismos públicos y otras entidades, y la recepción de muestras permanecerá abierta hasta el 14 de agosto de 2026.
Uruguay ya obtuvo distinciones en ediciones anteriores. En el concurso de 2025, realizado en Argentina, un aceite presentado por Ernesto Singer, de Montevideo, consiguió el primer premio en la categoría Frutado Verde Ligero, mientras que Agroland S.A. obtuvo el segundo puesto en Frutado Verde Medio.
Los resultados se sumaron a otros reconocimientos obtenidos por productores uruguayos durante 2024.



